jueves, 4 de noviembre de 2010
Palabra de Vida Noviembre 2010
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8)1.
La predicación de Jesús se inicia con el sermón de la montaña. En una colina frente al lago Tiberíades en las inmediaciones de Cafarnaún, sentado, como solían hacer los maestros, Jesús anuncia a la muchedumbre cómo es el hombre de las bienaventuranzas. En varias ocasiones había resonado ya en el Antiguo Testamento la palabra “bienaventurado”, es decir, la exaltación de aquel que observaba de los modos más variados la Palabra del Señor.
Las bienaventuranzas de Jesús evocan en parte las que los discípulos ya conocían, pero por primera vez oían que los puros de corazón no sólo eran dignos de subir al monte del Señor, como cantaba el salmo2, sino que incluso podían ver a Dios. ¿Cuál era, pues, esa pureza tan elevada para merecer tanto? Jesús lo explicaría más de una vez en el curso de su predicación. Por eso, tratemos de seguirlo para beber de la fuente de la pureza auténtica.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
Ante todo, según Jesús, hay un método de purificación por excelencia: «Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado»3. No son los ejercicios rituales los que purifican el alma, sino su Palabra. La Palabra de Jesús no es como las palabras humanas. En ella está presente Cristo, como está presente de otro modo en la Eucaristía. Por ella Cristo entra en nosotros y, si la dejamos actuar, nos libera del pecado y, por consiguiente, nos hace puros de corazón.
Por tanto, la pureza es fruto de vivir la Palabra, de todas esas Palabras de Jesús que nos liberan de los llamados apegos en los que necesariamente caemos si no se tenemos el corazón en Dios y en sus enseñanzas. Éstos pueden referirse a las cosas, a las criaturas y a nosotros mismos, pero si nuestro corazón mira sólo a Dios, todo el resto cae por su propio peso.
Para tener éxito en esta empresa, puede ser útil repetirle durante el día a Jesús, a Dios, esa invocación del salmo que dice: «Eres tú, Señor, mi único bien»4. Procuremos repetirlo a menudo, y sobre todo cuando uno u otro apego quiera arrastrar a nuestro corazón hacia esas imágenes, sentimientos y pasiones que pueden ofuscar la visión del bien y quitarnos la libertad.
¿Nos sentimos impulsados a mirar determinados carteles publicitarios, a ver ciertos programas de televisión? No, digámosle: «Eres tú, Señor, mi único bien», y éste será el primer paso que nos lleve a salir de nosotros mismos y a volver a declararle nuestro amor a Dios. Así habremos ganado en pureza.
¿Notamos a veces que una persona o una actividad se interponen como un obstáculo entre Dios y nosotros y empañan nuestra relación con Él? Es el momento de repetirle: «Eres tú, Señor, mi único bien». Esto nos ayudará a purificar nuestras intenciones y a recobrar la libertad interior.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
Vivir la Palabra nos hace libres y puros, porque es amor. El amor purifica con su fuego divino nuestras intenciones y todo nuestro interior, porque según la Biblia, el “corazón” es la sede más profunda de la inteligencia y de la voluntad.
Pero hay un tipo de amor que Jesús nos exige y que nos permite vivir esta bienaventuranza. Es el amor recíproco, el amor que tiene quien está dispuesto a dar la vida por los demás, a ejemplo de Jesús. Éste crea una corriente, un intercambio, un entorno cuya nota dominante es precisamente la transparencia, la pureza, gracias a la presencia de Dios, el único que puede crear en nosotros un corazón puro5. Viviendo el amor mutuo, la Palabra actúa y produce sus efectos de purificación y de santificación.
El individuo aislado es incapaz de resistir durante mucho tiempo las instigaciones del mundo, mientras que en el amor mutuo encuentra el ambiente sano capaz de proteger su pureza y toda su existencia cristiana auténtica.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
Y ése es el fruto de la pureza, que hay que reconquistar siempre: se puede “ver” a Dios, es decir, comprender su acción en nuestra vida y en la historia, oír su voz en el corazón, captar su presencia allí donde está: en los pobres, en la Eucaristía, en su Palabra, en la comunión fraterna, en la Iglesia.
Es saborear por anticipado la presencia de Dios que empieza ya en esta vida «caminando en la fe y no en la visión»6 hasta que lo «veamos cara a cara»7 por toda la eternidad.
Chiara Lubich
1) Palabra de vida, noviembre 1999; publicada en Ciudad Nueva, nº 359.
2) Cf. Sal 24, 4.
3) Jn 15, 3.
4) Cf. Sal16, 2.
5) Cf. Sal 50, 12.
6) 2 Cor 5, 7.
7) 1 Cor 13, 12.
jueves, 8 de abril de 2010
Palabra de Vida Abril 2010
Palabra de Vida – Abril 2010
«Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 25)1.
Jesús pronunció estas palabras con ocasión de la muerte de Lázaro de Betania, a quien Él resucitó al cuarto día. Lázaro tenía dos hermanas: Marta y María.
En cuanto Marta supo que llegaba Jesús, corrió a su encuentro y le dijo: «¡Señor, si tú hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto!». Jesús le respondió: «Tu hermano resucitará». Marta replicó: «Sé que resucitará el último día». Y Jesús añade: «Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; todo el que vive y cree en mí, no morirá en eterno».
«Yo soy la resurrección y la vida».
Jesús quiere que se entienda quién es Él para el hombre. Jesús posee el bien más precioso que se puede desear: la Vida, esa Vida que no muere.
Si has leído el Evangelio de S. Juan, habrás encontrado que Jesús dijo también: «Como el Padre tiene la vida en sí mismo, también le concedió al Hijo el tenerla»2.
Y ya que Jesús tiene la Vida, la puede comunicar.
«Yo soy la resurrección y la vida».
Marta también cree en la resurrección final: «Sé que resucitará el último día». Pero con su maravillosa afirmación «Yo soy la resurrección y la vida», Jesús quiere que entienda que no tiene que aguardar al futuro para tener esperanza en la resurrección de los muertos. Ya ahora en el presente, Él es para todos los creyentes esa Vida divina, inefable, eterna, que no morirá jamás.
Si Jesús está en ellos, si Él está en ti, no morirás. En el creyente esta Vida es de la misma naturaleza que Jesús resucitado y por lo tanto es muy distinta de la condición humana en la que se encuentra.
Y esta Vida extraordinaria, que ya existe también en ti, se manifestará plenamente el último día, cuando participes con todo tu ser en la resurrección futura.
«Yo soy la resurrección y la vida».
Sin duda, con estas palabras Jesús no niega la existencia de la muerte física, pero ésta no conllevará la pérdida de la Vida verdadera. La muerte seguirá siendo para ti, como para todos, una experiencia única, fortísima y quizás temida, pero ya no significará el sinsentido de una existencia, ya no será un absurdo, el fracaso de la vida, tu final. La muerte para ti ya no será realmente una muerte.
«Yo soy la resurrección y la vida».
¿Y cuándo nació en ti esta Vida que no muere?
En el bautismo. En aquel momento, no obstante tu condición de persona que tiene que morir, Cristo te dio la Vida inmortal. De hecho, en el bautismo recibiste el Espíritu Santo, que es quien resucitó a Jesús.
Una condición para recibir este sacramento es tu fe, que profesaste a través de tus padrinos. En el episodio de la resurrección de Lázaro, hablándole a Marta, Jesús precisó: «El que cree en mí, aunque muera, vivirá». (…) «¿Crees tú esto?»3.
Aquí, «creer» es algo muy serio, muy importante. No sólo implica aceptar las verdades anunciadas por Jesús, sino el adherirte a ellas con todo tu ser.
Por lo tanto, para tener esta Vida tienes que decirle tu sí a Cristo. Y esto significa adherir a sus palabras, a sus mandatos; vivirlos. Jesús lo confirmó: «El que acepta mi mensaje, jamás morirá»4. Y las enseñanzas de Jesús están resumidas en el amor. Por lo tanto, tienes que estar feliz: ¡la Vida está en ti!
«Yo soy la resurrección y la vida».
En este período en el que nos preparamos para la celebración de la Pascua, ayudémonos a dar un golpe de timón, que siempre hay que renovar, hacia la muerte de nuestro yo para que Cristo, el Resucitado, viva desde ahora en nosotros.
Chiara Lubich
1) Palabra de vida, marzo 1999; publicada en la revista Ciudad Nueva, nº 3, marzo 1999.
2) Cf Jn 5,26
3) Jn 11, 26 b.
4) Jn 8, 51.
lunes, 4 de enero de 2010
Palabra de Vida Enero 2010
Dios habitará con ellos; ellos serán su pueblo» (cf. Ap 21, 3)1.
Del 18 al 25 de enero en muchas partes del mundo se celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, mientras que en otras se celebra en Pentecostés. Chiara Lubich solía comentar la cita bíblica elegida cada año para esta ocasión mediante la Palabra de vida del mismo mes. Este año la frase bíblica para la Semana de Oración es «Vosotros sois testigos de todas estas cosas» (Lc 24, 48). Para ayudarnos a vivirla proponemos este texto de Chiara como “llamada apremiante” a que nosotros, cristianos, demos juntos testimonio de la presencia de Dios en el mundo.
«¡Ésta es la morada que Dios ha establecido entre los seres humanos! Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo y Él será el Dios-con-ellos» (Ap 21, 3).
La Palabra de Dios de este mes nos interpela. Si queremos formar parte de su pueblo, deberemos dejarlo vivir entre nosotros.
Pero ¿cómo puede ser eso? Y ¿cómo saborear un poco ya desde esta tierra esa alegría sin fin que brotará de la visión de Dios?
Eso es precisamente lo que Jesús nos reveló; ése es precisamente el sentido de su venida: comunicarnos su vida de amor con el Padre para que la vivamos nosotros también.
Los cristianos podemos vivir esta frase ya desde ahora y tener a Dios entre nosotros. Tenerlo entre nosotros requiere ciertas condiciones, como afirman los Padres de la Iglesia. Para S. Basilio es vivir según la voluntad de Dios; para S. Juan Crisóstomo es amar como amó Jesús; para S. Teodoro Estudita es el amor recíproco; y para Orígenes es el acuerdo de pensamiento y de sentimientos para llegar a la concordia que «une y contiene al Hijo de Dios»2.
En las enseñanzas de Jesús está la clave para que Dios habite entre nosotros: «Amaos unos a otros como ya os he amado» (cf. Jn 13, 34). El amor recíproco es la clave de la presencia de Dios. «Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros» (1 Jn 4,12), porque «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20), dice Jesús.
«Dios habitará con ellos; ellos serán su pueblo»
Por lo tanto, no está tan lejos ni es inalcanzable el día que marcará el cumplimiento de todas las promesas de la Antigua Alianza: «Mi morada estará junto a ellos. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo». (Ez. 37,27).
Todo se cumple ya en Jesús, que después de su existencia histórica, sigue estando presente entre los que viven la nueva ley del amor mutuo, es decir, la norma que los constituye en pueblo, el pueblo de Dios.
Esta Palabra de vida es, pues, una llamada de atención apremiante, sobre todo para nosotros los cristianos, para que demos testimonio de la presencia de Dios con el amor. «Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos» (Jn 13, 35). Vivir el mandamiento nuevo de esta manera pone las premisas para que se concrete la presencia de Jesús entre los hombres.
No podemos hacer nada si esta presencia no está garantizada, una presencia que da sentido a la fraternidad sobrenatural que Jesús ha traído a la tierra para toda la humanidad.
«Dios habitará con ellos; ellos serán su pueblo»
Pero nos corresponde especialmente a los cristianos, aunque pertenezcamos a distintas comunidades eclesiales, mostrar al mundo el espectáculo de un solo pueblo compuesto por todas las etnias, razas y culturas, por mayores y pequeños, enfermos y sanos. Un único pueblo del que se pueda decir, como de los primeros cristianos: «Mira cómo se aman y están dispuestos a dar la vida el uno por el otro».
Éste es el “milagro” que la humanidad aguarda para poder seguir teniendo esperanza, y una aportación necesaria para el progreso ecuménico, para el camino hacia la unidad plena y visible de los cristianos. Es un “milagro” a nuestro alcance, o mejor dicho, al alcance de Aquel que, habitando entre los suyos unidos por el amor, puede cambiar la suerte del mundo y llevar a la humanidad entera hacia la unidad.
Chiara Lubich
1) Palabra de vida, enero 1999; publicada en la revista Ciudad Nueva, enero 1999.
2) Comment. In Math., XIII, 15, PG 13, 1131.
martes, 2 de junio de 2009
Palabra de Vida Junio 2009
Palabra de Vida - Junio 2009
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5)1
¿Te imaginas un sarmiento separado de la vid? No tiene porvenir ni esperanza alguna, no tiene vitalidad y sólo le queda secarse y ser quemado. Piensa en la muerte espiritual a la que estás destinado, como cristiano, si no permaneces unido a Cristo. ¡Da miedo! Es la esterilidad completa, aunque estés ocupado de la mañana a la noche, aunque creas que eres útil a la humanidad, aunque los amigos te alaben, aunque aumenten tus riquezas, aunque te sacrifiques mucho. Puede que todo esto tenga sentido para ti aquí en la tierra, pero no tiene ningún significado para Cristo y para la eternidad. Y es ésa la vida que más importa.
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada»
¿Cómo puedes permanecer tú en Cristo y Cristo en ti? ¿Cómo puedes ser un sarmiento verde y frondoso que está unido a la vid? Ante todo hace falta que creas en Cristo. Pero eso no basta. Tu fe debe influir en la realización concreta de tu vida. Es decir, debes vivir de acuerdo con esta fe y poner en práctica las palabras de Jesús. Por tanto, no puedes descuidar los medios divinos que Cristo te ha dejado, mediante los cuales obtienes o adquieres de nuevo la unidad con Él, cuando se hubiese roto. Y, además, Cristo no te sentirá bien unido a Él si no te esfuerzas por estar injertado en tu comunidad eclesial, en tu Iglesia local.
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada»
“El que permanece en mí y yo en él”. ¿Te das cuenta de que Cristo habla de tu unidad con Él, pero también de su unidad contigo? Si tú estás unido a Él, Él está en ti, está en lo más íntimo de tu corazón. De aquí nace una relación y un coloquio de amor recíproco, una colaboración entre Jesús y tú que eres discípulo suyo.
Y la consecuencia es ésta: das mucho fruto, exactamente igual que un sarmiento bien unido a la vid da racimos sabrosos. “Mucho fruto” significa que estarás dotado de una verdadera fecundidad apostólica, es decir, de la capacidad de abrir los ojos de muchos a las palabras únicas y revolucionarias de Cristo, y podrás darles la fuerza para seguirlas. “Mucho fruto” significa también que sabrás suscitar, o incluso construir, obras pequeñas o grandes para aliviar las más variadas necesidades del mundo, según los carismas que Dios te ha dado. “Mucho fruto” significa “mucho”, no “poco”. Y esto quiere decir que sabrás llevar a la humanidad que te rodea una corriente de bondad, de comunión y de amor recíproco.
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada»
Por otra parte, “mucho fruto” no significa sólo el bien espiritual y material de los demás, sino también el tuyo. También el crecer interiormente y el santificarte personalmente depende de tu unión con Cristo. Santificarte. Quizá esta palabra en los tiempos que corren te parezca un anacronismo algo inútil o una utopía. No es así. El tiempo actual pasa, y con él las visiones parciales, erróneas y contingentes. Sólo queda la verdad. Hace dos mil años, Pablo, el apóstol, decía claramente que para todos los cristianos es voluntad de Dios su santificación. Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, está segura de que cualquiera, incluso el hombre de la calle, puede llegar a la más alta contemplación. El Concilio Vaticano II dice que todo el pueblo de Dios está llamado a la santidad. Y éstas sí que son voces seguras. Por tanto, trata de recoger en tu vida también el “mucho fruto” de la santificación, que sólo será posible si estás unido a Cristo.
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada»
¿Te has dado cuenta de que Jesús no pide directamente el fruto, sino que lo ve como consecuencia del “permanecer” unidos a Él? Puede ser que también tú caigas en el error en que muchos cristianos se encuentran: activismo, activismo, obras y obras por el bien de los demás, sin tiempo para considerar si están en todo y por todo unidos a Cristo. Es un error. Parece que damos fruto, pero no es el fruto que Cristo en ti y Cristo contigo podría dar. Para dar un fruto duradero, que tenga el sello divino, es necesario permanecer unidos a Cristo, y cuanto más unido estés a Él mayor fruto darás.
Además, este verbo usado por Jesús, “permanecer”, no da tanto la idea de momentos en los que se da fruto, sino de un estado permanente de fecundidad. De hecho, si conoces a personas que viven así, verás que quizás con una simple sonrisa, con una palabra, con el comportamiento normal de cada día, con su actitud ante las distintas situaciones de la vida, a veces tocan los corazones hasta hacerles encontrar a Dios de nuevo.
Los santos han sido así. Pero nosotros no tenemos que desanimarnos, porque los cristianos normales también pueden dar fruto. Escucha. Tú sabes que hoy en día, el mundo estudiantil está muy politizado y deja poco lugar a los que quieren ser útiles a la humanidad, partiendo de otras motivaciones.
Estamos en Portugal. María del Socorro, terminado el bachiller, ha comenzado la universidad. El ambiente es difícil. Muchos de sus compañeros luchan siguiendo su propia ideología, y cada uno quiere convencer a los estudiantes que aún no se han pronunciado. María sabe bien cuál es su camino, aunque no sea fácil explicarlo: seguir a Jesús y permanecer unida a Él. Sus compañeros, que no conocen nada de sus ideas, la consideran indefinida y sin ideales. En alguna ocasión ha sentido respeto humano, sobre todo al entrar en la iglesia. Pero ella sigue yendo allí, porque siente que tiene que permanecer unida a Jesús. Se acerca la Navidad. María se da cuenta de que entre ellos hay algunos que no pueden ir a su casa, porque viven lejos, y propone a los demás compañeros hacer juntos un regalo a los que no se pueden marchar. Con gran sorpresa por su parte todos aceptan enseguida. Más tarde llegan las elecciones y, otra gran sorpresa, eligen a María como representante de su curso. Pero el estupor es mayor aún cuando le dicen: “Es lógico que te hayamos elegido, porque eres la única que tiene una línea precisa, que sabe lo que quiere y qué hacer para realizarla”. Ahora algunos se han interesado por su ideal y quieren vivir como ella. Un buen fruto de la perseverancia de María del Socorro en el permanecer unida a Jesús.
Chiara Lubich
1) Palabra de vida de febrero de 1979, publicada en CHIARA LUBICH, Ser tu Palabra, Madrid 1980, p. 75.
miércoles, 22 de abril de 2009
Palabra de Vida Abril 2009
Palabra de Vida - Abril 2009
«Velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor» (Mt 24, 42)1
¿Te has dado cuenta de que en general no vives la vida, sino que la arrastras a la espera de un “después” que te traerá lo “mejor”? El hecho es que un “después-mejor” tiene que llegar, pero no es el que tú te esperas.
Un instinto divino te lleva a esperar en alguien o en algo que te pueda satisfacer. Quizás piensas en un día de fiesta, en tu tiempo libre, en un encuentro especial... Pero, una vez que todo esto pasa no quedas satisfecho. Al menos plenamente. Y reanudas entonces la rutina de una existencia vivida sin convicción, siempre a la espera.
La verdad es que entre los elementos que componen también tu vida hay uno del que nadie se puede escapar: es el encuentro con el Señor que viene. Esto es “ese algo mejor” al cual tiendes inconscientemente, porque estás hecho para la felicidad. Y la felicidad plena sólo Él te la puede dar. Jesús, sabiendo lo ciegos que somos tú y yo para buscarla, nos previene:
«Velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor»
Velad. Estad atentos. Manteneos despiertos. Porque hay muchas cosas en el mundo de las que no puedes estar seguro; pero de una, ciertamente no hay duda: que un día tienes que morir. Y esto, para el cristiano significa presentarse delante de Cristo que viene.
Puede ser que también tú seas como la mayoría, que se olvida de la muerte intencionadamente, a propósito. Tienes miedo de ese momento y vives como si no existiera. Con tu vida terrena, con querer arraigarte cada vez más a ella, estás diciendo: la muerte me hace temblar, por tanto no existe. Pero ese momento llegará. Porque Cristo viene ciertamente.
«Velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor»
Con estas palabras Jesús se refiere a su venida el último día. Del mismo modo que subió al cielo entre los apóstoles, así volverá.
Por otra parte, estas palabras también expresan la venida del Señor al final de la vida de cada hombre, ya que para el hombre que muere, el mundo se termina. Y como no sabes si Cristo va a venir hoy, esta noche, mañana o dentro de un año o más, tienes que vigilar. Justamente como los que están despiertos porque saben que van a venir los ladrones a desvalijar la casa, pero no saben la hora.
Si Jesús viene, quiere decir que esta vida es pasajera. Y si es así, en vez de desvalorizarla, tienes que darle la máxima importancia. Tienes que prepararte para ese encuentro con una vida digna. (…)
«Velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor»
Ciertamente es necesario que también tú vigiles. Tu vida no es sólo un pacífico sucederse de actos. Es también una lucha. Y las más variadas tentaciones, como las referidas a la sexualidad, la vanidad, el apego al dinero, la violencia son tus primeros enemigos. Si vigilas siempre, no te dejarás coger por sorpresa.
Pero vigila bien el que ama. Es propio del amor el vigilar. Cuando amamos a una persona, el corazón vigila siempre esperándola, y cada minuto que pasa sin ella está en función de ella. Así hace una esposa amorosa cuando trabaja o prepara lo que le puede servir a su esposo ausente: lo hace todo pensando en él. Y cuando llega, en su alegre saludo va todo el trabajo gozoso del día. Así hace una madre cuando se toma un breve descanso mientras está cuidando a su hijo enfermo. Duerme, pero su corazón vigila. Así actúa quien ama a Jesús. Hace todo en función de Él, a quien encuentra en las más sencillas manifestaciones de su voluntad de cada momento, y a quien encontrará solemnemente el día en que venga.
Es el 3 de noviembre de 1974. Concluye en Santa María, al sur de Brasil, un encuentro espiritual de 250 jóvenes. La mayor parte de ellos proviene de la ciudad de Pelotas. El primer autocar, con 45 personas, sale: muchas canciones, mucha alegría, mucho amor a Jesús. Durante el viaje algunas chicas rezan juntas los misterios dolorosos del rosario y piden a la Virgen ser fieles a Dios hasta la muerte. En una curva, por un fallo mecánico, el autocar se precipita por un barranco de unos cincuenta metros, dando tres vueltas de campana. Mueren seis chicas. Una de las supervivientes dice: “He visto la muerte de cerca, pero no he tenido miedo porque Dios estaba allí”. Otra afirma: “Cuando me di cuenta de que me podía mover, en medio de los hierros retorcidos, miré al cielo estrellado y, arrodillada entre los cuerpos de mis compañeras, recé. Dios estaba allí a nuestro lado…”. El padre de Carmen Regina, una de las víctimas, contaba que a menudo su hija decía: “Morir es precioso, papá, es irse a estar con Jesús”.
«Velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor»
Las jóvenes de Brasil, porque amaban, vigilaban, y cuando vino el Señor fueron a su encuentro con alegría.
Chiara Lubich
1) Palabra de vida de diciembre de 1978, publicaca en CHIARA LUBICH, Ser tu Palabra, Madrid 1980, p. 61.
martes, 6 de enero de 2009
Palabra de Vida Enero 2009
Una vez mas gracias a los amigos del Movimiento de los Focolares por esta Palabra de Vida de Enero 2009
«Los miembros son muchos, pero uno solo el cuerpo» (1 Co 12, 20)1.
¿Has estado alguna vez en una comunidad viva de cristianos, verdaderamente auténticos? ¿Has asistido alguna vez a alguna de sus reuniones? ¿Has penetrado en su vida? Si es así habrás notado que son muchas las funciones de los que la componen: uno tiene el don de hablar y te comunica realidades espirituales que te tocan el corazón; otro tiene el don de ayudar, de asistir, de proporcionar lo necesario y nos sorprende por lo que consigue en beneficio de los que sufren; el que enseña lo hace con tanta sabiduría que te infunde una fuerza nueva en la fe que ya posees; está también el que tiene el arte de organizar, o de gobernar, o el que sabe comprender a los que están a su alrededor y distribuye consuelo a los corazones que lo necesitan.
Sí, puedes experimentar todo esto; pero sobre todo lo que más impresiona en una comunidad tan viva, es el espíritu único que modela a todos y que parece que aletea en ella y que hace de esa sociedad original un unum, un solo cuerpo.
«Los miembros son muchos, pero uno solo el cuerpo»
También san Pablo, de modo especial, se encontró ante comunidades cristianas vivísimas que habían nacido precisamente de su extraordinaria palabra.
Una de éstas era la reciente comunidad de Corinto, en la que el Espíritu Santo no había sido parco en difundir sus dones o carismas, como se llaman. Es más, en aquel tiempo se manifestaban algunos dones extraordinarios por la vocación especial que tenía la Iglesia que estaba naciendo.
Pero, esta comunidad, después de hacer la experiencia prodigiosa de los diversos dones derramados por el Espíritu Santo, había conocido rivalidades o desórdenes precisamente entre aquellos que habían recibido estos beneficios.
Fue necesario, entonces, dirigirse a Pablo, que estaba en Éfeso, para obtener aclaraciones.
Pablo no duda y responde en una de sus extraordinarias cartas, explicando como tienen que usarse estas gracias particulares.
Explica que hay diversidad de carismas, diversidad de ministerios, como el de los apóstoles o el de los profetas o el de los maestros, pero uno solo es el Señor del cual proceden. Dice que en la comunidad existen personas que obran milagros, curaciones, personas capacitadas de un modo excepcional para la asistencia, otras para el gobierno, igual que hay quien sabe hablar lenguas y quien las sabe interpretar; pero añade que uno solo es Dios del cual todo procede.
Y entonces, puesto que los dones son expresión del mismo Espíritu Santo que los infunde libremente, tienen que estar en armonía entre ellos, tienen que ser complementarios. No sirven para obtener satisfacción personal, no pueden ser motivo de presunción, o de afirmación de uno mismo, sino que han sido dados con un fin común: construir la comunidad; su fin es el servicio. No pueden, por tanto, crear rivalidad o confusión.
Pablo, aun pensando en dones particulares que se refieren a la vida de la comunidad, está convencido de que cada miembro tiene sus capacidades, su talento que debe hacer fructificar para el bien de todos y que cada uno debe estar contento con lo suyo.
Presenta a la comunidad como un cuerpo y se pregunta: Si todo el cuerpo fuera ojo ¿dónde quedaría el oído? Y si fuera todo oído ¿dónde el olfato? Ahora bien, Dios puso cada uno de los miembros en el cuerpo según su voluntad. Si todo fuera un solo miembro ¿dónde quedaría el cuerpo?2. En cambio,
«Los miembros son muchos, pero uno solo el cuerpo»
Si cada uno es distinto, cada uno puede ser un don para los demás, y así ser él mismo y realizar el designio de Dios para él con respecto a los demás.
En una comunidad en la que los distintos dones funcionan, Pablo ve una realidad a la que da un nombre espléndido: Cristo.
El hecho es que ese cuerpo único que componen los miembros de la comunidad, es verdaderamente el Cuerpo de Cristo. Cristo sigue viviendo en su Iglesia y la Iglesia es su cuerpo. En el bautismo, el Espíritu Santo incorpora en Cristo al creyente, que se injerta en la comunidad. Y allí, todos son Cristo, se suprime toda división y se supera toda discriminación.
«Los miembros son muchos, pero uno solo el cuerpo»
Cuando el cuerpo es uno, los miembros de la comunidad cristiana ponen en práctica bien su nuevo modo de vivir si realizan entre ellos la unidad, esa unidad que presupone la diversidad, el pluralismo. La comunidad no es semejante a un bloque de materia inerte, sino a un organismo vivo con sus distintos miembros.
Para los cristianos, provocar las divisiones es hacer lo contrario de lo que deben hacer.
«Los miembros son muchos, pero uno solo el cuerpo»
¿Cómo puedes vivir entonces esta nueva Palabra que la Escritura te propone?
Es necesario que tengas un gran respeto por las distintas funciones, por los dones y los talentos de la comunidad cristiana.
Será preciso que dilates el corazón a toda la variada riqueza de la Iglesia, y no sólo a la pequeña Iglesia a la que acudes y te es conocida –como la comunidad parroquial o la asociación cristiana a la que estás unido, o bien al Movimiento eclesial del que eres miembro–, sino a la Iglesia universal en sus múltiples formas y expresiones.
Debes sentir que todo es tuyo, porque formas parte de este único cuerpo.
Y entonces, igual que tienes cuidado y proteges cada miembro de tu cuerpo físico, así debes hacer con cada miembro del cuerpo espiritual (…)
Tienes que estimar a todos, y hacer tu parte para que puedan ser útiles a la Iglesia en el mejor de los modos.
(…) No desprecies lo que Dios te pide allí donde estés, aunque el trabajo cotidiano pueda parecerte monótono y sin gran significado; todos pertenecemos al mismo cuerpo y, como miembro, cada uno participa en la actividad del cuerpo entero, permaneciendo en el lugar que Dios ha elegido para él.
Lo esencial es que tú poseas ese carisma que, como anuncia Pablo, supera a todos los demás y que es el amor: amor a cada hombre que encuentres, amor a todos los hombres de la tierra.
Solamente con el amor, con el amor recíproco, todos los miembros pueden ser un solo cuerpo.
Chiara Lubich
1) Palabra de vida, enero 1981.
2) 1 Co 12, 17-19.
martes, 2 de septiembre de 2008
Palabra de Vida de Septiembre
«Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os maltratan» (Lc 6, 27-28)1.
«Amad a vuestros enemigos». ¡Esto sí que es fuerte! ¡Esto sí que transforma nuestro modo de pensar y nos hace a todos dar un giro al timón de nuestra vida!
Porque, no nos engañemos, algún enemigo…, pequeño o grande, todos lo tenemos.
Está ahí, detrás de la puerta del piso de al lado, en esa señora tan antipática e intrigante, que trato de evitar cada vez que va a entrar conmigo en el ascensor…
Está en ese familiar que hace treinta años ofendió a mi padre y por ello le he negado el saludo…
Se sienta detrás de tu pupitre, en el colegio, y no has vuelto a mirarle a la cara desde que te acusó ante el profesor…
Es esa chica que era amiga tuya y luego te dejó plantado para irse con otro…
Es ese comerciante que te ha engañado…
Son los que no piensan como nosotros en política, por lo cual los consideramos enemigos nuestros.
Igual que existen, y siempre han existido, los que ven como enemigos a los sacerdotes y odian a la Iglesia.
Pues bien, a todos éstos y a muchísimos otros que llamamos enemigos, hay que amarlos.
¿Hay que amarlos?
Sí, ¡hay que amarlos! Y no creas que podemos salir del paso sencillamente cambiando el sentimiento de odio por otro más benévolo.
Hay algo más.
Escucha lo que dice Jesús:
«Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os maltratan»
¿Comprendes? Jesús quiere que venzamos al mal con el bien. Quiere un amor traducido en hechos concretos.
Podríamos preguntarnos: ¿cómo es que Jesús da un mandamiento semejante?
La verdad es que Él quiere modelar nuestro comportamiento según el de Dios, su Padre, «que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos»2.
Así es. No estamos solos en el mundo, tenemos un Padre y debemos parecernos a Él. Y no sólo esto, sino que Dios tiene derecho a que nos comportemos así porque, cuando éramos enemigos suyos y estábamos todavía en el mal, Él fue el primero3 en amarnos, enviándonos a su Hijo, que murió de ese modo tan terrible por cada uno de nosotros.
«Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian…»
Esta lección la había aprendido el pequeño Jerry, ese niño negro de Washington que por tener un coeficiente alto de inteligencia había sido admitido en una clase especial con los demás chicos blancos. Pero la inteligencia no le había bastado para hacer comprender a los compañeros que era igual que ellos. Su piel negra le había acarreado el odio general; tanto que el día de Navidad todos los chicos se intercambiaron regalos ignorando a Jerry. El niño se puso a llorar; ¡se comprende! Pero al llegar a casa pensó en Jesús: «Amad a vuestros enemigos», y de acuerdo con su madre compró regalos y los distribuyó con amor entre todos sus «hermanos blancos».
«Amad a vuestros enemigos…, rezad por los que os maltratan»
¡Qué dolor aquel día para Isabel, una niña de Florencia, que al subir las escalinatas para ir a misa oyó que se burlaban de ella un grupo de compañeros de su edad! A pesar de que quería reaccionar contra ellos sonrió y, una vez en la iglesia, rezó mucho por ellos. Al salir la pararon y le preguntaron el motivo de su actitud. Ella les explicó que era cristiana y por tanto tenía que amar siempre. Lo dijo con una ardiente convicción. Y su testimonio fue premiado. Al domingo siguiente vio a todos aquellos jóvenes en la iglesia, atentísimos, y en primera fila.
Así es como acogen la Palabra de Dios los niños. Por eso son grandes delante de Él.
Quizá convenga que también nosotros arreglemos alguna situación, ya que seremos juzgados según juzguemos a los demás. De hecho somos nosotros los que damos a Dios la medida con la que Él nos medirá4. ¿Acaso no le pedimos: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»5? Por tanto, ¡amemos al enemigo! Sólo si actuamos así podremos arreglar las desuniones, destruir las barreras y construir la comunidad.
¿Es difícil? ¿Es penoso? ¿Nos quita el sueño sólo con pensarlo? Ánimo. No es el fin del mundo; un pequeño esfuerzo por nuestra parte y luego el 99 por 100 restante lo hace Dios y… en nuestro corazón habrá un torrente de alegría.
Chiara Lubich
1) Palabra de Vida escrita en mayo de 1978, publicada en "Ser tu Palabra", Ed. Ciudad Nueva, Madrid, 1980, pág. 17-20.
2) Mt 5, 45.
3) Cf 1 Jn 4, 19.
4) Cf Mt 7, 2.
5) Mt 6, 12.
martes, 12 de agosto de 2008
Palabra de Vida Agosto 2008
Aunque el credito original esta abajo, yo tambien debo dar el mio. Es del Movimiento de los Focolares, Palabra de Vida para el mes de Agosto. No tiene desperdicio, ademas nos juzgaran por el amor.
“La lámpara del cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado” (Evangelio de Lucas 11, 34)
agosto de 2008
En todos los prójimos que encuentras durante el día –de la mañana a la noche–, trata de ver a Jesús.
Si tu ojo es simple, quien mira a través de él es Dios. Y Dios es Amor, y el amor quiere unir conquistando. ¡
Cuántos –equivocándose– miran a las criaturas y a las cosas para poseerlas! Y su mirada es egoísmo o envidia o, de cualquier modo, pecado. O miran dentro de sí mismos para poseerse, para poseer su alma, y su mirada está apagada, porque está aburrida o turbada.
El alma, a imagen de Dios, es amor; y el amor replegado sobre sí mismo es como la llama que, si no es alimentada, se apaga. Mira fuera de ti: no a ti, no a las cosas, no a las criaturas: mira al Dios fuera de ti para unirte con Él. Él está en el fondo de toda alma que vive, y, si el alma está muerta, es el sagrario de un Dios que espera, para alegría y expresión de la propia existencia. Mira, entonces, a cada hermano amando, y amar es donar.
Pero un don reclama otro don y serás, a tu vez, amado. Así, el amor es amar y ser amado: como en la Trinidad. Y Dios en ti arrebatará los corazones, y encenderá la Trinidad que quizá descansa en ellos, por la gracia, pero está apagada.
No enciendes la luz en un ambiente –aunque haya corriente eléctrica– hasta que no provocas el contacto de los polos. Así es la vida de Dios en nosotros: se pone en circulación para irradiarla más allá, para que testimonie, a su vez, Cristo: quien liga Cielo y tierra, hermano y hermano.
Mira por lo tanto a cada hermano donándote a él para donarte a Jesús, y Jesús se donará a ti. Es ley de amor: “Den, y se les dará” (Evangelio de Lucas 6,38).
Déjate poseer por él – por amor a Jesús –, déjate “comer” por él –como otra Eucaristía–; pon todo a su servicio, que es servicio de Dios, y el hermano vendrá a ti y te amará. Y en el amor fraterno está el cumplimiento de todo deseo de Dios, que es mandato: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros.” (Evangelio de Juan 13, 34).
El amor es un Fuego que compenetra los corazones en fusión perfecta. Entonces reencontrarás en ti no más a ti mismo, no más al hermano, reencontrarás el Amor que es Dios viviente en ti. Y el Amor saldrá a amar a otros hermanos porque, simplificado el ojo, se reencontrará a sí mismo en los demás y todos serán uno. Y alrededor de ti crecerá la Comunidad: como alrededor de Jesús: doce, setenta y dos, miles…
Es el Evangelio que al fascinar –Luz en amor– arrebata y entusiasma.
Después, tal vez morirás sobre una cruz para no ser más que el Maestro, pero morirás por quien te crucifique, y así el amor tendrá la última victoria. Su linfa –esparcida en los corazones– no morirá. Fructificará, fecundando, alegría y paz y Paraíso abierto.
Y la gloria de Dios crecerá.
Pero tú debes ser aquí el Amor perfecto.
Chiara Lubich
Publicada en el diario “La Via”, 12 de noviembre de 1949, y reimpresa parcialmente en: Chiara Lubich, La doctrina espiritual, Bunos Aires 2005 pp. 116-117.
sábado, 12 de julio de 2008
Esta Semana en Cinco Panes y Dos Peces
Mas alla del compartir fraterno que se da por añadidura al tener estos invitados en nuestra casa que es su casa, queda la eterna pregunta que inmediatamente se responde, en verdad a traves del pan hallamos el Amor? Estoy convencida que si. Sobretodo porque con el pan logramos que nuestras durezas en el alma se disipen y podamos efectivamente comunicarnos para estrechar vinculos profundos de amistad. Amistad que se presupone creciente con el tiempo en una realidad mundana que dia a dia es mas dificil afrontar, esto me lleva a pensar entonces en la ardua labor de un cocinero cualquiera que sabe que su unica mision es poner platos de comida en una mesa que muchas veces mas que creacion es simplemente cumplir con un horario para llevar el pan a su mesa particular. Y mas alla de ver entonces la realidad que todo el mundo ve, nos lleva a buscar en la realidad que no se ve bajo ninguna circunstancia, pero que va carcomiendo el alma de aquel que a disgusto realiza su labor, por mal pagada, o sacrificada o simplemente porque no es su vocacion. Me pregunto entonces como llegue a este tema partiendo de algo tan hermosamente concreto, pues simple; por el hecho de que al cocinar un plato de Huevos Marroquies para la PJ y ver el amor que le ponen a sus labores, y luego preparar un lomito con una salsa de papelon, piña, cerveza, aji dulce y cilantro, con esa Venezolanidad tan nuestra pero que nos llevo a plantear la Regla de Oro, que no es mas que hacer a los demas lo que quiero que hagan conmigo, entonces logro sintonizarme con el amor que es necesario para poder hacer lo que hacemos y por supuesto hacerlo bien. simple, simplemente Amar, Amar sin fin.
Confirmo entonces cada dia que pasa que efectivamente compartiendo el Pan hallamos el amor.
